Estimados(as) lectores(as):
El artículo que hoy vengo a proponerles a reflexión y debate, trata sobre la “conveniencia” favorable o No, de la muy controvertida aplicación en la ley, de la pena capital o pena de muerte, para aquellos delitos excepcionales de alta gravedad y repercusión social, como pueden ser los del terrorismo, los de asesinos en serie, o los violadores con resultado de muerte, los cuales son sin duda los mas execrables dentro de la población.
El motivo de este comentario, me lo ha inspirado un e-mail que recibí de un buen amigo hace unos días (que deseo también compartir con todos ustedes) donde se recogía la opinión de un indignado radioyente de valencia, después de que la banda terrorista ETA. hubiese cometido uno mas, de sus perversos atentados, (para poderlo escuchar, deberán pulsar sobre la siguiente dirección)
http://www.youtube.com/watch?v=S_W9ITUT_qg Este programa radiofónico fue emitido por una emisora española, después del atentado producido contra la casa cuartel de Legutiano (Álava) donde pierde la vida el guardia civil Juan Manuel Piñuel, natural de Melilla, de 41 años de edad, casado y padre de un hijo.
Luego de escuchar el enérgico y sin duda pasional testimonio que nos ofrece ese radioyente desde Valencia, me dispuse a investigar sobre los pros y los contra que tendría la incorporación

de esta suprema sanción, no solo en nuestro país, sino también en el código penal internacional, para lo cual, me vi obligado a estudiar un poco de su historia, sus diferentes aplicaciones en los diferentes países, la evolución a través de los tiempos, así como su posible cualidad disuasoria para el delincuente que pudiera cometer estos graves delitos; siempre tratando de ser lo mas imparcial posible en mis palabras y enfoque (algo que sin duda resulta sumamente difícil en este caso, teniendo en cuenta la experiencia de todo lo que he podido leer) donde he visto aflorar, mucha carga emocional en los análisis, sobre la aplicación de esta controvertida ley, siendo precisamente ese el motivo, por lo que resultan muy difícil de analizar y sacar útiles conclusiones.
La pena de muerte o pena capital (del latín capitalis, “relativo a la cabeza” – una obvia referencia a la decapitación) ha existido desde el comienzo de la civilización y prácticamente en todas las culturas, la forma de ejecutar la pena variaba, no solo en los métodos que se empleaban, siempre relacionados con los usos y costumbres de los diferentes pueblos, y que abarcaron desde la lapidación, la orca, la hoguera, la decapitación, o los más modernos, como el fusilamiento, la silla eléctrica o la inyección letal, sino también a los delitos que se le aplicaban, como el adulterio, robos, homicidios o los de alta traición a la comunidad o el estado, entre otros. La existencia de un poder que contaba con el monopolio del derecho de castigar una falta, representó un primer avance en el camino de la civilización, pasándose de un primer estadio donde la pena era aplicada a voluntad del soberano absoluto a otro en el que éste tuvo que aceptar que tanto la definición de las conductas a castigar, como las penas a aplicar, se codificaran legalmente y, al menos en principio, se viera limitado por dicho cuerpo normativo.
Los primeros en crear, organizar y sistematizar una serie de normas que equiparaban la magnitud de los delitos cometidos, con las sanciones o penas a cumplir, dentro de la civilización occidental, fueron los romanos, aunque es necesario aclarar que los emperadores podían legislar “per rescriptum principis”, es decir “por decisión imperial” con lo que su voluntad para dictaminar una pena, no estaba limitada, ni restringida.
A través de las diferentes épocas y países, la pena de muerte ha tenido muchos altos y bajos, donde han habido incluso, largos periodos de tiempo en los que prácticamente no se ha aplicado, aunque siempre (según sus partidarios) esta sigue manteniendo, (aun cuando no sea aplicada) su espíritu disuasorio y preventivo de cometer delitos, mas que el retributivo a las victimas. No es hasta el siglo XVIII con el Marqués de Beccaria, donde este nos plantea…“las penas deben ser tan leves y humanas como sea posible mientras sirvan a su propósito, que no es causar daño, sino impedir al delincuente la comisión de nuevos delitos y disuadir a los demás ciudadanos de hacerlo”. También escribió que “lo que más disuade a los ciudadanos de violar la ley no es la exagerada gravedad de la pena, sino la inexorabilidad de la justicia.
A partir de aquí la idea de abolir esta pena, empieza a fraguarse en diversos círculos intelectuales, políticos, jurídicos y sociales; grandes figuras como: Voltaire, Karl Marx y Charles Dickens dejaron testimonios de su desacuerdo, pero a pesar de esto, no causo un efecto inmediato, solo fueron disminuyendo su grado de crueldad y cambiando la forma de manifestarse, pasando de ser espectáculos ejemplarizantes en público, a ejecuciones privadas y restringidas a los espacios de las instituciones penitenciarias.
No es hasta después de la segunda guerra mundial, que los grupos abolicionistas alcanzan sus primeros logros y empiezan a atacar con fuerza, amparados por tratados y pactos internacionales que regulan el ingreso de nuevos estados a la Unión Europea y el Consejo de Europa, así como la Convención Europea de Derechos Humanos o el Pacto Interamericano de San José de Costa Rica.
Después de estos breves antecedentes y referencias históricas acerca de la pena de muerte, podemos decir que hasta este momento, son 90 los países que mantienen en vigor la aplicación de esta sanción, entre ellos, los tres que cuentan con el mayor numero de la población mundial, como son: China, la India y Estados Unidos, también está Japón con casi 128 millones de habitantes (que ocupa el décimo lugar en población) hay 13 países que no la aplican para delitos comunes, 23 que hace mucho tiempo que no la aplican y 70 que la han erradicado totalmente de sus legislaciones jurídicas.

Según estos datos (de contrastada veracidad) los análisis siempre aparecen valorados de dos maneras “sutilmente” diferentes, y según el interés de los dos grandes grupos enfrentados en su aplicación: los abolicionistas y los retencionistas, los primeros (los abolicionistas) nos dicen en sus análisis, que estos datos ilustran un balance positivo y superior de esta opción ya que numéricamente, son menos los países retencionistas que los abolicionistas. La relación que suelen establecer es de 90 países que lo mantienen, (retencionistas) contra los 106 que la han erradicado (abolicionistas) cuando esto no es exactamente así, y pienso que la razón de tratar inclinar de manera favorable y ventajosa los resultados de los datos hacia esta opción (abolicionistas) se deba más a una aspiración y/o deseo, que a una realidad numérica.
Los retencionistas aun siguen siendo mayoría si tenemos en cuenta no solo las cifras, sino el numero de población en donde esta sanción se aplica, ya que si sumamos a los 90 que la mantienen y aplican en todos los delitos, entre los que encontramos a China, EE.UU, la India y Japón que representan más de la tercera parte de la población mundial con más de 2, 822, 815, 606) más los 13 países que la han abolido para los delitos de derecho común, pero que aun la mantienen vigente para los de otros tipos, y los 23 que a pesar de no haberla aplicado en un largo periodo de tiempo, la sigue teniendo recogida en su ordenamiento jurídico, nos arroja una cantidad total de 126 países, contra los 70 que de manera clara y determinante, la han hecho desaparecer de sus ordenamientos jurídicos. A pesar de ello, pienso que no solo el factor cuantitativo debe ser determinante, ni a tener en cuanta en este caso, es por eso que relacionaré las razones y argumentos que ambos grupos defienden, así cada cual podrá valorar mejor la opción con la que encuentra mayor afinidad.
Para los grupos Retencionistas la pena de muerte tiene un carácter disuasorio, preventivo e intimidador para el delincuente, si el individuo es racional, es decir, si es consciente y no es un enfermo mental, este puede hacer un balance sobre las ventajas y desventajas de cometer un crimen, con la pena de muerte, se evitaría que el crimen tuviera beneficio alguno, es decir, esto se basa en la idea de crear cierta “desmotivación” en los transgresores potenciales.
Los abolicionistas plantean que no está demostrado, que la pena cumpla una función de prevención general negativa, o sea de intimidación a los potenciales infractores. Prueba de ello, es que si fuera así, ya no existirían delitos, en contra de obtener una prevención, se genera una espiral de violencia. Se parte de que el delito es un acto racional, en el que el delincuente evalúa los costes y beneficios. Esta premisa puede ser falsa, pero en el caso de que fuera cierta, el sujeto delincuente, espera o bien que no lo descubran, o bien, salir mejor parado del proceso judicial.
Los que están a favor de la pena consideran que hay que dotar al estado (como entidad neutral y rectora de la vida social) de una herramienta que le permita realizar esta extrema justicia en casos extremos, evitando de ese modo que medie la acción vengativa de la parte afectada. Para ello este debe estar dotado de todas las medidas, que dejen constancia con inmaculada claridad, la culpabilidad del acusado. La existencia de garantías jurídicas, tales como las apelaciones, la revisión obligatoria de la sentencia de muerte, las irrefutables pruebas avaladas por los certeros adelantos científicos, favorecerá la justa condena a los culpables reales de los hechos delictivos. Esta medida también ayudaría a la víctima del delito, que no ha podido ejercer su Derecho a la Legítima defensa, sentirse apoyado por la sociedad, (representada por la justicia del estado) quien debe llevarla a cabo.
Por otra parte, los que están en contra de la pena de muerte, plantean que si bien es cierto que cada día más, los errores judiciales son menos frecuentes, hay riesgo de condenar a un inocente. Pero además con el agravante de que en el caso de la pena de muerte no se puede compensar al sujeto por el error. Y con relación a los costes económicos de esta medida, estos grupos señalan que no hay que cuantificarlo solamente en la ejecución propia de la pena, sino que a esta hay que sumar los costes procesales que amparan el derecho de todo condenado, como son las apelaciones, pagos de abogados, revisiones del caso etc., lo que la hacen mucho más costosa.
Por ultimo, los partidarios de la pena de muerte sostienen que esta es, en términos económicos, más rentable, que las abolicionistas alternativas que se presentan a dicha sanción ya que todas las sanciones dictadas pueden ser sometidas a similares costes en los procesos judiciales, es decir, todas las sentencias incurren en gastos parecidos a letrados y además, todas pueden ser susceptibles de ser revisadas y apeladas a instancias superiores.
Una vez expuestas todas estas cuestiones, pienso que, como en muchas otras materias de la vida del ser humano, la pena de muerte es y será, una cuestión de apreciación moral y ética de cada uno, lo cual no quiere decir que sea una superior a la otra, pues ambas se fundamentan en lógicos y razonables criterios, sino que es mas bien, una libre elección que cada cual defiende, y que se hace muy confusa y compleja, por toda la carga emocional, moral, ética y cultural-religiosa que encierra. Aunque también pienso en relación a esto, que aquí intervienen muchos factores de hipocresía política sustentados, a mi entender, en falsos y/o exagerados “argumentos” de una engañosa bondad y que solo se aplican y se dice, de manera hipócrita, pero que en realidad, no han sido estudiados con el calado y la objetividad que merece, lo cual hace aflorar muchas veces, opiniones y análisis de tópicos y eslóganes de imitación colectiva. Y si no es así, ¿Por qué y bajo que pretexto, los gobiernos llevan a las guerras a sus pueblos?, ¿No son también seres humanos, tanto unos como los otros, los que combaten en el campo de batalla? Alguien dijo una vez, que “la guerra es el arte de destruir a los hombres, la política es el arte de engañarlos” y sinceramente no puedo estar mas de acuerdo con ello. ¿Por qué a un soldado que mata en la guerra a su enemigo, defendiendo “supuestamente” los nobles valores de su pueblo es un héroe, y sin embargo es considerado un delincuente, si ajusticia a un terrorista antes de que este de manera flagrante se disponga a cometer un atentado?, ¿Por qué de esos tratos de favor y cuidado, a esos terrorista que ponen de manera indiscriminada una bomba en un supermercado, donde mueren personas inocentes, incluso ajenas a sus reivindicaciones? ¿Por qué ese exagerado cuidado y respeto a los derechos del pedófilo, que luego de violar salvajemente a su victima, la mata y esconde el cadáver? ¿Dónde está la causa moral o ética que lo justifica?¿Estos indignos individuos que actúan de ese modo, no son enemigos también de los sagrados y nobles valores que defienden esas "justas" sociedades? ¿Las victimas y todo ser humano de bien, no son merecedoras de vivir libres y al amparo del derecho a la vida y de leyes que le garanticen la paz en su país? Cuando se equiparan los derechos de las victimas con el de los asesinos, se corre el riesgo de ser injusto y desamparar a los primeros. Ya sé que son ejemplos de casos extremos y excepcionales, pero son precisamente esos los que requerirían mayor contundencia y atención, y los que pudieran “justificar” una sanción tan excepcional y contundente, pero entre tanto, las personas se dividen y dormitan en reflexiones sin salida, diciendo Pena de muerte No, o Pena de muerte Si.
Creo que es hipócritamente confuso y lo peor de todo es que pienso que no hay gobiernos con voluntad, ni valor a plantear soluciones enérgicas y rotundas para tratar de resolverlos, quizás porque eso no es políticamente correcto, por ejemplo, ¿Si matas para castigar al que mata te rebajas a su nivel? Imagino que algunos de ustedes comparten esa misma reflexión, sin embargo, creo que habría que distinguir entre aceptar asesino como animal de compañía, o prescindir del animal para poder jugar tranquilamente. Respeto, admiro y defiendo el derecho a la vida del ser humano, pero sin duda considero mucho más, la vida de aquellos que han sido victimas de sus asesinos, quizás por ello me gustaría tener la tranquilidad de contar con la ley de un estado, que defiende y protege mis derechos, aplicando verdadera y ejemplarizante justicia.
Casi siempre un argumento que aflora en esta cuestión (y que ya ha sido expuesto) es lo arriesgado de condenar a un inocente, y es cierto que puede existir el riesgo, pero también lo hay cuando se coge un avión para viajar de un lugar a otro ¿Y por eso debemos tildar a este medio de transporte, de arma letal?, creo que estamos rodeados siempre de riesgos, pero debemos confiar en la imparcialidad y sabiduría de la justicia y del estado democrático o ¿No debemos confiar en ello? Y esto es curioso, porque los gobiernos de esos países que ahora presumen de ser los defensores de los derechos humanos, son los únicos y auténticos responsables de todas las guerras producidas, en los últimos 100 años en el mundo, lo cual resulta curioso porque tal parece que la “justicia” de esos estados y gobiernos, esté supeditada a la magnitud cuantitativa de las ejecuciones que se cometan, y es obvio que en este caso, la aplicación de la pena capital, arrojaría un porcentaje ínfimo de error, comparado con la cantidad de victimas que se han cuantificado y cuantifican, en estos conflictos bélicos.
Pienso que al final de todo, seguimos estando como marionetas, en manos de los mismos poderosos que mueven los hilos; de los infravalorados sistemas e instituciones que equiparan en derechos a victimas con criminales, a delincuentes con personas de bien, a incompetentes e inútiles, con emprendedores y productivos. Al final seguimos estando sumergidos en una crisis de valores donde se educa y estimula, al poco esfuerzo y al nulo sacrificio, estrategias dirigidas por ineficaces gobernantes, con políticos de los más amplios y dispares espectros ideológicos, esos que con sus discursos, más que en un sereno militante con sólida y dialéctica ideología, te hacen sentirte como el más beligerante hincha de su partido político, y es normal, pues solo se preocupan por quedar bien en la foto y seguir repitiendo como un papagayo, las falsas e insustanciales (pero siempre amables) palabras que el votante quiere escuchar, de esa forma, y si no comete grandes errores, puede seguir estando una legislatura más engordando tanto a su ego, como a sus bolsillos. Y no olvidemos tampoco en este obsceno escenario, el apoyo que brindan los diferentes medios de comunicación, principalmente el televisivo, con sus programas “estrellas”, esos que tienen la mayor audiencia, esos que te hacen sentirte más entupido cada día, más partidario de la opinión que del criterio, esos que como perros te invitan a oler el culo del otro perro, sin ponerte a pensar, que el tuyo también esta disposición de otro que llegue.
Y mientras tanto… ¡ay pena, penita, pena!
Pena de muerte Sí. Pena de muerte No.
Muchas gracias y hasta la próxima entrega.
Amaury Suárez